
Se podría pensar que, como soy puta, no tengo moral. No señor, yo tengo mis convicciones y con arreglo a ellas vivo. Como son convicciones, no hay para qué dar la murga a nadie. Mías son. Si me pregunta, me explico. Si no, soy puta, no una maruja aburrida en el autobús, ni un político en la tribuna. Faltaría más.
Afortunadamente mi profesión nunca ha chocado con mi ética. No me ha removido el alma, ni me ha enviado al abismo donde un día, al mirarte en el espejo, no sabes a quién estás viendo. No. Nunca me ha pasado. Ventajas de tener una profesión liberal.
Pondré un ejemplo. Estoy firmemente convencida de que realizar un trabajo físico durante ocho horas seguidas no es nada sano. Pasé mi infancia viendo volver obreros del tajo: de esta verdad no hay teoría médica, nutricionista o de salud laboral que me apee. Las pruebas mandan.
Y esta convicción, que a cualquiera le parecía descabellada si fuera oficinista, resulta muy razonable en mi mundo: cuarenta horas follando a la semana es una barbaridad y no sólo para los ligamentos de las caderas.
Antes de que algún machito salte de su silla ofreciéndose a hacer mi trabajo durante más tiempo y por menos dinero, en plan esquirol, quiero informar a los adolescentes, que por edad y falta de práctica aún no lo han descubierto, sobre la existencia de un síntoma llamado “escozor” (pueden orientarse sobre sus efectos y consecuencias en los anuncios de almorranas). Eso, para los adolescentes. A los otros les aconsejo simplemente que lo intenten. A ser posible, en compañía. Si, tras cuatro horas, no recurren ni a la mercromina ni a la viagra, ya han encontrado su vocación. Pero si necesitan cualquiera de las dos cosas, le recomiendo que empiece ya a estudiar oposiciones.